Buenas tardes, padre. (Pausa) ¿Padre? ¿Señor cura? ¿Está usted ahí? (Pausa) Perdón, creía que no había nadie. Vaya, ahora no sé cómo empezar. Lo tenía todo preparado para decírselo de corrido, como la tabla de multiplicar, pero ahora... ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Esto es secreto? Es decir, lo que yo le cuente, usted no se lo puede contar a nadie y yo puedo volver más veces a continuar mi historia y usted no se lo puede contar a nadie. (Pausa) Tengo pecados pequeños y dos muy gordos. ¿Empiezo por los pequeños o por los gordos? Si empiezo por los pequeños sólo puedo contarle diez y si me pone una penitencia no debe ser muy larga porque tengo que volver a un sitio. Creo que va a ser mejor que le cuente uno de los pecados gordos. Se llama Vanesa, no es que ella sea gorda. Al contrario, es una mujer preciosa, tiene los ojos negros y unas... ¿Puedo decir tetas? Bueno, ya está dicho. Está enamorada de mí, aunque ella todavía no se ha dado cuenta del todo. Pero me invita a copas en su bar y me pregunta por mi vida, por mi trabajo. Le enseñé mi colección de navajas y la he llevado dos veces en el coche a su casa. Vive con una tía suya que es muy mayor, creo que no se puede mover de la cama o algo así. Pero mi pecado no tiene que ver con su tía. Tengo una navaja muy grande, no es reglamentaria. Si me pillara la policía con ella tendría problemas, pero la tengo guardada en una caja de zapatos debajo de mi cama con las otras 51. Tengo 52 navajas. Quizá eso sea también un pecado. Cuando vuelva otro día, si se me olvida recuérdemelo. O mejor lo apuntaré yo, junto a los pecados pequeños. Bueno, voy a ser más directo porque tengo algo de prisa. Con Vanesa no he cometido todavía ningún pecado, ya le he dicho que sólo hablamos y que le he acompañado dos veces a casa en coche. Pero no ha pasado nada. Yo me pongo a conducir y no digo nada. Me callo para no meter la pata y ella tampoco habla. Pero cuando llego a casa y me tumbo en la cama, pienso en ella y me toco. A mi no me gusta tocarme, entiéndame. Me gustaría más que ella estuviese conmigo en la cama y acariciarla y darle besos en la boca. (Piensa en lo que ha dicho e intenta justificarse) Después de casados, se entiende. (Pausa) Recuérdeme otro día que venga que le he mentido. No. Padre, le acabo de mentir. Me gustaría estar con ella en la cama, aunque no nos hubiéramos casado todavía. Y no piense que no me gustaría casarme, que me gustaría, lo que pasa es que ahora si no te acuestas con tu novia pareces maricón. Y yo no soy maricón. Bueno, también le he enviado flores, rosas rojas, y una nota de amor. Es un poema que he copiado de un libro. Esta noche me voy a acercar a su bar para ver que me dice. Me gustaría que le hubiesen gustado. A las mujeres les gustan las flores, parece que si un hombre les manda flores no se quiere acostar con ellas la primera noche. No crea que estoy cambiando de tema. Sé que lo de tocarse pensando en una mujer es un pecado. A lo mejor no es gordo si lo haces sólo una vez, pero yo es que lo hago muchas veces. Una nada más llegar a casa. Me quito la ropa, me voy a la habitación, me tumbo y empiezo a tocarme pensando en Vanesa, en sus ojos y en lo otro. Estiro la mano a mi lado como buscándola y, a veces, digo su nombre en alto. Una vez me puse a gritar tan alto su nombre que me dio la risa. Pero luego me intento dormir y si tardo mucho en conseguir el sueño, me toco otra vez. La segunda me cuesta más, tardo más tiempo, pero no es porque no la quiera tanto, si no porque el cuerpo tiene que descansar un rato. Después cuando me duermo, sueño con ella y si me despierto ya estoy preparado para tocarme otra vez. Y me toco. Me toco cada vez que me despierto por la noche y es que la hecho mucho de menos. Si usted fuera un hombre normal también lo entendería. Debe ser difícil para usted imaginarse lo que la gente le cuenta. Por ejemplo a mí tocándome por la noche y otras cosas que le cuenten. ¿Se estaba usted imaginando a mí tocándome? Joder, que vergüenza. Menos mal que no ve mi cara. ¿O sí? Joder. Bueno, me tengo que marchar. Si eso vuelvo otro día y le cuento los pecados de robar, de mentir, de envidiar, de gula, de pereza, de odio y alguno que tengo de asesinatos.